Promesas Para las Necesidades en las Relaciones

El Señor sana un corazón quebrantado

El Señor sana mi corazón quebrantado. Tú sanas mi quebrantamiento y vendas mis heridas. “El Señor está cerca de los quebrantados de corazón, y salva a los de espíritu abatido” (Salmos 34:18, NVI; 147:3; Isaías 30:26; 58:12). 

El Señor pone una nueva canción en mi boca. Alabaré al Señor con un cántico nuevo. El Señor consuela a los abatidos (Salmos 40:3; 69:30; Isaías 61:1).

Break a Negative Legacy

Promesas de Dios a los huérfanos

            Hoy más que nunca, hay muchos niños sin padres, así como también adultos. Algunos pueden estar viviendo con sus padres, pero carecen del amor y del afecto sincero de un padre. Algunos experimentan abusos en lugar de la atención de un padre. El Padre Dios es misericordioso, y sus manos están siempre bien abiertas para recibir a sus hijos. Crea en sus promesas y viva en paz, sabiendo que Él está ansioso por recibirlo como su hijo.

Y seré para vosotros por Padre, y vosotros me seréis hijos e hijas, dice el Señor Todopoderoso.

—2  Corintios 6:18 

            Crea esta promesa. Sea que usted haya tenido o  no un buen padre, su Padre celestial ha prometido cuidarlo y proveer para usted todos los días de su vida (Salmos 10:14). El Padre Dios es el ayudador de los huérfanos.

La misericordia de Dios nunca me abandonará. Mi Padre celestial sabe mis necesidades y las suplirá…”porque Dios misericordioso es Jehová tu Dios, no te dejará, ni te destruirá, ni se olvidará del pacto que les juró a tus padres” (Deuteronomio 4:31; Mateo 6:32).

 

Promesas para la esposa de un marido no creyente 

            Muchas parejas se han divorciado, dejando atrás los tesoros de las promesas de Dios, por falta de conocimiento y entendimiento para vivir en obediencia y amar profunda y sinceramente. Algunos han tenido razones legítimas para el divorcio, pero la mayoría de los matrimonios pueden superar los ataques del enemigo si ambos cónyuges toman la decisión de acercarse a Dios. Si usted se encuentra en necesidad de una intervención divina, manténgase confiando en Dios mientras sigue confesando sus promesas.

 

Voy a confiar en el Señor para la salvación de mi esposo, mientras sigo creyendo que no me convertiré en una víctima de la esclavitud. Seguiré orando por mi cónyuge. Seré un ejemplo del amor de Dios. Permitiré que Dios me redima y restaure lo que el enemigo ha robado (Salmos 26:11; 1 Corintios 7:13-16; 1 Pedro 3:1-2).

 

Promesas para el esposo de una mujer no creyente o díscola

 Confiaré en el Señor para la salvación y restauración de mi esposa. Seré un ejemplo del amor incondicional de Dios. Hablaré bendiciones y evitaré que mi corazón peque (1 Crónicas 29:19; 1 Corintios 7:10-16).

 

Promesas para el abandono

 

 El Señor nunca me abandonara. Aunque mi padre y mi madre me dejaren, con todo, Jehová me recogerá” (Salmos 27:10; Hebreos 13:5). 

El Señor no desampara a los que le buscan. No verá al justo desamparado (Salmos 9:10; 37:25).

 

Promesas para un matrimonio saludable

 

            Si usted está pasando por un momento difícil en su matrimonio, reclame estas promesas y crea que Dios va a restaurar lo que el enemigo ha robado.

 El matrimonio es una promesa de profundo afecto y un pacto legal y honorable. Cuando el Padre Dios es la cabeza de nuestro hogar, hay felicidad mutua y una constante fuente de satisfacción y apoyo. El matrimonio conlleva una bendición de Dios (Rut 4:11; Salmos 138:2; Proverbios 5:10; 6:3; Eclesiastés 4:9-10; 1 Timoteo 5:14; Hebreos 13:4).

Tengo la promesa de un corazón, una carne y un camino en el matrimonio. “Entenderé el camino de la perfección…habitaré en mi casa con corazón perfecto… No habitará dentro de mi casa el que hace fraude; el que habla mentiras no se afirmará delante de mis ojos” (Salmos 101:2,7). 

Juntos como uno, mi cónyuge y yo podemos prevalecer contra el enemigo (Génesis 1:27; 1 Pedro 3:7). “Y les daré un corazón, y un camino…para que tengan bien ellos, y sus hijos después de ellos” (Jeremías 32:39). “Y serán una sola carne” (Génesis 2:24).

 

Satanás, ¡Mis Promesas No Son Tuyas!, pag. 98-100. Por Dra. Iris Delgado.

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